Miércoles, 10 Julio 2013 12:59

Homenaje a una extraordinaria compañera de caza

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Dicen que siete años de un humano corresponden, poco más o menos, a uno de un perro; y yo añado que a veces no somos capaces de darnos cuenta que tan sólo un momento de verdadera compenetración, de compañerismo, de alianza en el campo y en la vida con uno de nuestros perros de caza, vale por todo un siglo de nuestras vidas.

 

La propia vida y sus ritmos marcan la existencia más o menos longeva de los seres que habitamos el planeta, pero aunque esto, en el fondo, lo entendamos todos, nos resistimos a que nuestros bravos compañeros de caza, nuestros perros, vivan tan poco tiempo. Sí, diez, doce, catorce años se hacen apenas un suspiro cuando trascurrida la vida de nuestro aliado, le toca marcharse.

 

No acabamos de darnos cuenta de que los perros de caza no son seres de quita y pon, nos desprendemos de ellos con demasiada facilidad por un “es que no vale para cazar”, o “yo busco un perro mucho mejor que este”. Los perros cazadores, por su naturaleza, responden a diferentes necesidades de trabajo y coalición con los cazadores, somos nosotros los que debemos esmerarnos al máximo en decidirnos por la mejor raza para nosotros, y dentro de ella por ese ejemplar que previsiblemente reúna todo lo necesario para que sea nuestra “media naranja” en la vida cinegética.

 

Perro y persona, ambos cazadores, los dos compenetrados y trabajando por un bien común, sea una percha más o menos abultada o lo que es mucho mejor hoy en día, unas horas de libertad y disfrute de lo ancestral, como si retrocediésemos un poco en la historia y estuviésemos ajenos a lo cotidiano, a las tecnologías y obligaciones impuestas por la vida actual. Libertad, eso, en el fondo, ansían perros y cazadores más o menos por igual, cuando entre ambos hay sintonía.

 

Para el cazador de escopeta y perro que lo es no sólo por equipo sino por honestidad y sentido cabal de su afición, su perro forma parte insustituible para el día a día, sea en la ciudad, sea en los escasos ratos de campo. Por eso, cuando nuestro aliado -y amigo- se marcha, una pena terrible nos invade.

 

Pero somos seres sosegados de espíritu y bastante racionales, conscientes de la verdad de la vida y de que tratándose de un camino, hay que seguir caminando, creciendo. Por eso buscamos un cachorro con el que comenzar de nuevo y volver a ilusionarnos con futuras jornadas plenas y gozosas para ambos, siempre juntos, siempre de caza, siempre pensando en la caza…

 

Hace tan sólo unos días mi compañero de caza y maestro Pepe Durán, perdió a su bretona Dona, una perrita que ha sido fiel compañera por once temporadas delante de la escopeta, conocedora de su oficio y volcada totalmente con su amo, y amigo. Sí, porque nuestros perros pueden tenernos como amigos si somos merecedores de ello, ¿acaso alguien lo duda?.

 

Así que no he podido evitar dedicar estas palabras a Dona, una perra de caza de categoría en la vida y en la venatoria, ¡qué buena perra para tan buen cazador!.

 

“Ya no pinchan los jérguenes, Dona. Hoy parece que la primavera comienza a venir cuando en realidad le toca irse. Como a ti. La vida es así por suerte, y todo se reduce a un vaivén constante de seres que habitamos por un pellizquito de tiempo este paraíso que Dios ha tenido a bien regalarnos.

 

Te conocí cuando ya eras una perrilla de notable alto, rozando siempre el sobresaliente, y que conste que tu amo y amigo, Pepe, no te daba esa puntuación máxima todos los días porque te podía la afición, clavabas un conejo detrás de otro pero por ser tan puñetera, como deben ser los perros de caza bravos y dispuestos, no podías frenarte y salías como un tapón en cuanto el conejete daba el impulso con los remos traseros para abandonar la aulaga.

 

No te preocupes, amiga, yo te anoto hoy no ya el sobresaliente, sino la Matrícula de Honor y te expido el diploma que te faculta a entrar en el coto de Los Altos, allí donde la piedra no hiere pata alguna, los pájaros viven esponjados y sin solivianto, y donde este año, te lo aseguro, vas a poner codornices a manta en el arroyo que corta la labor bajo el peñón. Aprobaste el curso y pasas limpia a los estudios mayores.

 

Tu amigo y compañero, hoy, anda tristón. Sabe de sobra que esto es así, lo esperaba pero no quería. Deseaba él, y te lo digo yo, Dona, que estuvieses en su terraza hasta que los dos os retiráseis juntos, pero todos sabemos que eso no puede ser. Cada cual cumple con lo suyo, tú terminaste tu camino, a él aún le queda mucho, te lo aseguro. Ya sabes que cuidaré de él, puede que no nos veamos todo lo que sería justo, pero lo llevo en el corazón ese donde se quiere a la gente de verdad.

 

Me dejaste boquiabierto en muchas ocasiones y eso que realmente compartí poco contigo. Bretona justita de carnes pero rebosante de oficio, alegraste la percha y el semblante de tu amigo y compañero cuánto, ¿once, doce temporadas completas?, y dando siempre todo y más por él y por tu oficio, viniste a esto, ¿verdad?, y lo hiciste muy bien.

No te lloro Dona pero admito que no lo hago porque me alegro de que ya estés en esos Tajos Divinos, no quería saber que sufrías. Ayer Carmen, a la que no conociste pero sabía de ti por mis palabras -siempre de admiración, lo sabes- me preguntaba por ti y justo cuando el día se apagaba y el viento terrál saltó, le dije que ya descansabas.

 

Dona, esta temporada las matagallo de debajo de la vía, los espartos de La Cueva del Cura, esos rodales tan buenos de aulaga delante de la casilla derrumbada, al igual que las pendientes de los tajos, te verán pasar más liviana que nunca. Atenta al silbato, y ya sabes, entra al cobro como un tapón, aunque Pepe te de dos voces de vez en cuando…”.

 

 

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